Maafushi, nuestra isla en las Maldivas

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Una turista holandesa me dijo que la isla de Maafushi era la única abierta al turismo en esta época. El mes de julio no deja de ser temporada baja y muchas islas y resorts dedican los meses de lluvia, nubes y viento (exactamente el tiempo que nos hemos encontrado, salvo contadas excepciones) a prepararse para la llegada de un mejor clima. Claro que uno puede encontrar resorts abiertos en los que poder alojarse, pero los servicios tanto de transporte como de buceo, entre otros, no dejan de estar bajo mínimos.

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Para llegar a Maafushi el viajero primero debe tomar un ferry público desde el aeropuerto Ibrahim Nasir hasta la capital de las Maldivas, Malé, por unas 10 rufias (unos 75 céntimos de euro). Antes d e haber llegado al puerto de la ciudad se debería haber contratado con antelación un “speed boat” (barco rápido) que tarda unos 45 minutos en desplazarse de Malé a Maafushi por unos 25 dólares por persona. Si la reserva no se ha realizado con antelación, una alternativa mucho más barata, aunque algo más farragosa, es utilizar el ferry público. Es necesario localizar el punto exacto desde el que zarpa dicho ferry. En este caso se encuentra justo al otro lado de la isla. Por lo que, uno puede caminar durante un largo rato e ir preguntando por el otro puerto, o bien puede tomar un taxi que por unas 50 rufias (unos tres euros) le deja justo delante de la oficina donde se venden los tiquets. Un billete para la isla cuesta 30 rufias (dos euros al cambio).

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El trayecto en ferry hasta Maafushi dura una hora y media, justo el doble que lo que tarda un barco rápido, pero la diferencia de precio entre una y otra opción, como se puede comprobar, es muy notable. ¡El speed boat 12 veces más caro!

Maafushi es una isla local, lo que significa que viven maldivos oriundos de este pequeño pedazo de tierra, con sus tradiciones, costumbres y religión. El 100% de los habitantes de las Maldivas es musulmán, y como uno puede imaginarse, el destape no está muy bien visto. A diferencia de los resorts privados que ocupan toda una isla en donde los turistas pueden vestir como les plazca, en las islas locales, como en Maafushi, existen playas separadas. Unas para los recatados lugareños (únicamente en el caso de las mujeres, claro) y otras para los turistas, más descocados. Maafushi hace tan sólo cuatro años que se abrió al turismo y los más mayores de la isla, no permiten que las mujeres extranjeras enseñen sus encantos fuera de las zonas habilitadas.
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Es cuanto menos, “curioso” observar como los lugareños disfrutan de la playa. Mientras los hombres chapotean en traje de baño, sin camiseta (a lo occidental), las mujeres se meten en el agua con pantalones o vestido, camiseta de manga larga y pañuelo. Después de refrescarse un rato, salen a la arena chorreando y así, completamente mojadas, continúan todo el día. Las turistas si quisieran bañarse en una playa local deberían hacer lo mismo que las mujeres musulmanas, es decir, taparse hasta las cejas. Aunque, por el contrario, no es extraño ver a familias locales disfrutar “a su manera” de las playas dedicadas a los turistas.

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En Maafushi existen dos pequeñas calas reservadas para los extranjeros, rodeadas de una valla tupida y un hotel, el Arena Beach. Éste modesto resort ofrece a huéspedes y foráneos hamacas, tumbonas y mesas para comer algo, a pie de playa. En el resto de las dos playas practicables se pueden ver dos carteles donde se avisa en
varios idiomas que los bikinis no son bienvenidos.

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La isla en sí se recorre en tan sólo media hora. Pongamos varios puntos cardinales básicos para describirla. El puerto es el punto donde se concentra el mayor movimiento. Aquí llegan y zarpan los ferris cargados de turistas y locales, es donde salen todos los barcos para hacer submarinismo y snorkeling, y es el lugar donde se pueden alquilar todo tipo de artilugios para disfrutar del mar. Desde tablas de surf, pasando por motos acuáticas, lanchas, embarcaciones para hacer windsurf, barcas de pesca, erc.

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También es el sitio en el que a media tarde, sobre las 4.30pm, muchos hombres se acercan con un palo e hilo de pescar para intentar capturar
pequeños peces que se encuentran entre los barcos atracados. Lo cierto es que se trata de toda una afición que cuenta con seguidores. Casi se puede concentrar el mismo número de pescadores que de curiosos a pie, o sobre sus pequeñas motocicletas que miran el espectáculo. Finalizada la pesca, regresan a sus casas cargados con un cubo repleto de diminutos peces. Una vez pasados por la sartén, se convierten en delicioso “pescaito frito” con el que saciar el hambre vespertino.

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El puerto da a una gran avenida. Decenas de chicos jóvenes de tez morena, pelo negro largo ensortijado e inmensas gafas polarizadas van y vienen a bordo de sus scoters. Algunos llevan en el asiento del paquete a sus también jovencísimas amigas, maquilladas y con el cabello cubierto por un pañuelo colocado a modo de turbante. Mirando hacia la isla, si uno camina hacia la izquierda, va a dar a la zona dedicada al turismo repleta de tiendas de souvenirs, pequeños supermercados, escuelas de buceo, restaurantes, hoteles y, claro está las dos playas.

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Si, de lo contrario, el viajero camina desde el puerto hacia su derecha llegará un momento en el que se tope con un recinto vallado con concertinas. Se trata del penal de Maafushi. La cárcel ocupa todo un extremo de la isla, los muros se extienden a lado y lado, dejando gran parte del lugar de cara al mar. Me pregunto cuántas personas habrá dentro y cuál ha sido el motivo de su encierro. Jinah, uno de los Dive Masters (instructores de buceo) con los que disfrutamos de nuestras inmersiones en Maldivas me confesó haber pasado cuatro días en la cárcel. “Estuve preso porque la policía me detuvo en medio de una huelga violenta”. Al parecer hay mucha gente descontenta con los actuales dirigentes políticos que se encuentran en el poder. “La educación y la sanidad es mala, la gente que tiene dinero prefiere viajar a Sri Lanka para tratarse de cáncer o enfermedades importantes”, me dijo con una brizna de resignación. “¿Cómo no protestar contra este gobierno?”, terminó taxativamente la conversación.

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Descritos los dos extremos, adentrándonos en el interior de la isla. Pequeñas viviendas rectangulares pintadas de blanco, de como mucho dos plantas se intercalan con edificios más altos, de varios pisos. Las calles, más o menos rectas, quedan repartidas en una cuadrícula irregular y van a dar a lugares emblemáticos en Maafushi como las tres mezquitas, el estadio de futbol o la prisión misma. Allá donde el viajero alce la vista verá edificios en construcción y vecinos echando una mano para levantar futuros hoteles. La construcción de los mismos, muchas veces, se realiza sin demasiado sentido de la estética y sin tener en cuenta las preferencias de los turistas.

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Las calles no están asfaltadas y la arena, cuando no los charcos formados por la lluvia, las cubre por completo. Aquí y allá se esparcen pequeños badulaques o supermercados en los que se puede encontrar crema solar, todo tipo de dulces, bolsas de patatas y botellas de agua y refrescos. Al final de una de las últimas calles, que justo parte del área donde se encuentran las playas reservadas para turistas, se encuentra el Isle Beach Inn. Un hotel a tan sólo cinco minutos de la orilla, regentado por Sandy, un simpático maldivo que la mayor parte del tiempo la pasa tumbado en una especie de hamaca hecha con hilo de pescar. Aunque el pilar fundamental de este alojamiento se llama Kamal y procede de Bangladesh. Con una permanente y sincera sonrisa en la boca él se encarga de dar los desayunos y de limpiar cada día las 10 habitaciones del lugar. Lleva tan sólo tres meses en el Isle Beach, dejando en su país a mujer e hija. La vida en Bangladesh no es fácil así que al menos pasará un año hasta que pueda volver a ver a su familia.

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En frente del hotel se encuentra la laguna. Un gran pedazo de océano, donde la marea apenas levanta un par de metros del fondo y delante de la cuál, dos antiguos barcos azules permanecen varados en la arena, recordando tiempos mejores. Es allí, en la laguna en donde los aspirantes a buceadores emprenden sus primeras inmersiones en el agua. Y más allá, frente a la más nueva de las mezquitas de Maafushi se esconde la vergüenza de la isla, totalmente inadvertida para los turistas que “que no quieren ver”. Ni más ni menos que el vertedero principal de la isla.

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Los desperdicios se acumulan demasiado cerca del agua, y quedan totalmente a merced del viento y el fuerte oleaje. Y es aquí donde, cuando la noche cae y la oración de la siete se aproxima, las pequeñas hogueras se avivan, destruyendo con fuego la basura de Maafushi. Es el momento en el que lo inservible se metamorfosea en humo negro, de olor penétrate que contamina a partes iguales el aire y los corazones.

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