Para tener un buen viaje no hay que venir al sur, de Sri Lanka

Rondaba el noveno día del mes de julio de 2015 cuando, después de haber ascendido a lo que llaman el pequeño pico de Adán (una ligera elevación del terreno en Ella, un tranquilo pueblecito incrustado en medio de las tierras altas de Sri Lanka) sentimos que ya no teníamos mucho que hacer en aquel lugar. Así pues nos pusimos a preparar nuestras mochilas de viaje a todo correr y a abandonar nuestro querido “Holidays Homes” (el hostal en el que habíamos pasado dos noches por 2500 rupias cada una, 18 euros) y su querida encargada. Subidos ya en el autobús pretendíamos dejar atrás las montañosas y verdes tierras de la zona central del país, para adentrarnos a las planicies del sur.

Más concretamente nos dirigíamos en un primer momento a la ciudad santa de Kataragama (al sureste del país), donde los elefantes se engalanan y peregrinos de todo el territorio llegan para ofrecer sus sacrificios en el templo budista. Pero no sólo es lugar de peregrinación para los seguidores de Buda, también para musulmanes e hinduistas. Atraídos por los comentarios de nuestra guía de viaje en la que se menciona que durante el festival de Kataragama (julio y agosto) se pueden ver extraordinarias muestras de fe como colgarse de ganchos o caminar sobre cenizas candentes. Aunque, a nuestra llegada, lo que encontramos fue una pequeña acumulación de personas frente a un templo, la mayoría niños pequeños. Y justo enfrente, un par de hombres vestían a un pequeño elefante encadenado con ropajes de fiesta para la ocasión.

Mientras bajábamos del autobús y poníamos nuestros pies en una destartalada estación polvorienta y desangelada, pensábamos que si aquello era la gran muestra de contrición peregrina, nos había decepcionado profundamente. En realidad resulta que la gran celebración religiosa se esperaba para una semana después. Así que, en lugar de llegar a una ciudad vibrante repleta de fe y devoción, nos encontrábamos frente a una hilera de conductores de tuk-tuk de ojos escrutadores, más interesados en recostarse en sus asientos que en atosigarnos. Además, con la noche cayendo por momentos, decidimos salir de nuevo pintando del lugar, por segunda vez en el mismo día.

Nuestro siguiente destino fue Tissamaharama. Tomamos un autobús que estaba casi en marcha a punto de salir. Retrocedíamos sobre nuestros pasos, en dirección a Tissa (nombre abreviado) ya que esta localidad se convertiría en un buen campamento base desde el que salir de safari al día siguiente y descubrir el imponente parque nacional de Yala. Era ya noche cerrada en Sri Lanka cuando el bus nos dejó en una esquina en plena ciudad. A la vez que tocamos suelo, nos con vertimos en toda una novedad y una luz tintineante de reclamo para moscones (enteradillos que pretenden encandilar a los turistas para sacarles dinero). En particular observamos perplejos como un hombre que ya se había dado a conocer en el autobús que nos condujo a Kataragama, también se encontraba en la parada de Tissa. Anteriormente, junto con otro compañero se había ofrecido para llevarnos de safari, en medio del pasaje. De nuevo pretendía llevar a cabo la segunda intentona. Así que deccidimos deshacernos de él, (puesto que su persistencia nos agobió ciertamente), montándonos a todo correr en un tuk-tuk.

Hubo un intercambio de palabras entre conductor y el tal moscón, cosa que hizo incrementar nuestra desazón. Y no era para menos. Al llegar al hostal acordado, allí estaba él, sentado en una silla bajo el porche. Encarándome directamente y preguntándole que qué hacía persiguiéndonos, él se excusó alegando que se ofrecía de nuevo a llevarnos de Safari. Algo a lo que nos negamos en redondo. A la vuelta de descargar nuestras mochilas en la habitación, “la mosca cojonera” había desaparecido. Aunque aún hubo un nuevo candidato a “zángano” que nos salió al paso, en medio del pasillo para ofrecernos sus servicios. Nueva negativa. Aunque éste se mostró más persistente. Salimos a rastrear la zona, y a la vuelta, pasada una hora, el moscón número dos todavía se encontraba allí, bajo el porche como el primero. Tuvimos que sincerarnos y decirle que ya habíamos reservado un safari. Algo que pareció decepcionarle.

Dicho todo lo anterior, me gustaría aclarar que en ningún caso pretendo ofender a los “sri lankeses”, y mucho menos a los conductores de safari de Tissa. Sólo hacen su trabajo para sobrevivir. Algunos como en el caso de nuestro conductor Omesh se levantan cada día a las cuatro de la mañana y se pasan el día entero conduciendo por los polvorientos y agrestes caminos de Yala, a cambio de unas pocas rupias. Mi respeto para todos ellos.

Pasando por alto que al día siguiente disfrutamos de un día completo en el salvaje territorio del leopardo, a mediodía del día siguiente ya nos volvíamos a poner en camino, de nuevo en un autobús. Nuestro siguiente destino debía ser Tangalla, en dirección suroeste. Esa ciudad estaba llamada a convertirse en nuestro nuevo campamento 0 desde el que poder ver a los famosos pescadores palo en Koggala, y liberar tortugas benjamines en el mar, en una localidad cercana. Y digo que esa era la opción deseada puesto que, como ya venía siendo habitual en nuestro “viaje al sur”, nuestros deseos se vieron de nuevo truncados. Ya fuera un malentendido con el revisor del autobús, o un deliberado despiste de este popular personaje “srilankés”, la cuestión es que nos pasamos de parada. En lugar de apearnos en Tangalla, el autobús nos acabó dejando en Matara, en el punto más meridional de la isla.
Adiós a los pescadores estaca y a las tortuguitas.

Ya que estábamos en Matara, una gran ciudad costera con una estación de autobuses carente de horarios y puntos de información, (como suele ser norma habitual), pensamos que sería buena idea movernos hasta Mirissa. En esta diminuta población levantada a lado y lado de la carretera que pasa paralela a la costa, era otro punto a visitar marcado en nuestra lista. Aunque claro, no tan pronto. Aunque, “pelillos a la mar” y “no hay mal que por bien no venga”. Así que, tirando de refranero español pensamos que una vez instalados en Mirissa podríamos realizar uno de nuestros grandes sueños: ver a la ballena azul.

Mirissa es uno de los mejores lugares para avistar a estos colosales animales en el océano Índico. Normalmente se toma un barco desde el puerto y se navega varias horas mar adentro para poder llegar a ver sus enormes colas sumergiéndose en las profundidades. Así que, informarnos sobre qué empresa nos sería más conveniente y pagar por nuestro sueño hubiera sido lo suyo. Pero nuevamente el destino tenía previsto planes diferentes para nosotros. Resulta que el mes de junio se encuentra en plena temporada baja, con todo lo que ello implica. Mal tiempo, temporales, lluvia, mar embravecido y, lo peor para nosotros, las dos empresas más recomendadas para el avistamiento estaban cerradas.

De nuevo tocaba resignarse. Pasear por la arena de la playa de Mirissa, y pasar revista a todos los chiringuitos que ofrecen platos combinados de marisco y pescado, cada uno con una pequeña paradita en donde exponen la mercancía. Gambones, gambas, calamares, cangrejos, peces, etc. Todo a la parrilla, acompañado de ensalada, arroz y patatas fritas. Precios asequibles. Lo que no fue tan asequible fue pasar una noche de pesadilla en el “Poppies Guest House”. No porque el alojamiento nos disgustara, precisamente. Sino por la descomunal pelea que mantuvo una pareja de franceses a altas horas de la noche, con movimiento de muebles, gritos, lloros y portazo incluidos. Y por si esa tormenta matrimonial no hubiera sido poco, en plena madrugada empezó a llover a cántaros y ya no paró hasta la mañana siguiente. Toda una sinfonía de viento aullando a través de cañerías, y del chapoteo de las gotas de agua.

Al igual que nos había sucedido en Ella y en Tissa, nos dimos cuenta que ya no pintábamos demasiado en donde estábamos, así que subimos de nuevo a un autobús. Primero a Matara, para tomar otro autobús a Monaragala, lugar en el que hicimos parada para pasar la noche. Nos presentamos más tarde de las 8pm a las puertas del hostal Kanda Landvilka. Tan sólo les quedaba una habitación individual y no nos podían preparar cena. Así que, no nos quedó otra que intentar conciliar el sueño yo encima de un colchón en el suelo y con la barriga rabiando. No sin antes charlar con Mahla, la mujer de Uva, el guía y propietario del lugar que en aquel momento no se encontraba en casa. Kanda fue el primer alojamiento tamil en el que nos hospedamos. El hostal era, ni más ni menos que la casa de la familiar que había sido adaptadas para invitados. Así pues, clientes y familiares compartían comedor, porche, jardín y sala de estar.

El día siguiente lo invertimos en viajar. Desde primera hora hasta bien entrada la noche. Tomamos cuatro autobuses. De Monaragala a Ampara. De Ampara a Baticaloa. De Baticaloa a Trincomalee. Y finalmente, de Trincomalee a las playas de Nilaveli, en el noreste de Sri Lanka.

Los trayectos fueron largos, pesados, monótonos y extremadamente baratos. Aunque pensar en el precio no nos reconfortó demasiado en las casi 10 horas que pasamos viajando apiñados como sardinas. Os puedo asegurar que no he visto un solo autobús en Sri Lanka que fuera medio vacío. No sé cómo, todos, más pronto que temprano, acaban yendo a reventar. Literalmente. Además de las personas sentadas, el pasillo central se llena enseguida de personas que van a pie sujetas a lo que pueden. Las puertas delantera y trasera están abiertas, así pues, las personas suben y bajan con el autobús casi en marcha, en una incesante sucesión de acelerones y frenazos. Pero es que los mismos escalones se consideran, cada uno, como una plaza más.

En gran parte de los trayectos tuvimos que cargar nuestras mochilas sobre nuestros regazos. Aunque para los bultos pequeños o medianos (como mochilas, bolsos de mujer o bolsas de plástico) en Sri Lanka han ideado un sistema bastante práctico. El que llega cargado, viendo el panorama, descarga la mochila o el bolso encima del regazo del primero que ve sentado. No hacen falta palabras, una sonrisa y un meneo repetido, aunque leve de cabeza en dirección izquierda-derecha, basta.

No está mal. Después de salir corriendo de tres lugares y viendo como nuestras aspiraciones acerca del sur se habían esfumado, por fin pudimos enmendar nuestros errores y llegar a Nilaveli. Un lugar donde debía brillar un sol radiante sobre interminables playas repletas de cocoteros y donde el agua fuera cristalina y las olas de tubo. Nilaveli debía ser así y…, así fue. Al fin, tal y cómo esperábamos.

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