Tras la pista del leopardo en Yala

Un elefante salvaje se dirige hacia la espesura en el Parque Nacional de Yala, Sri Lanka.

Un elefante salvaje se dirige hacia la espesura en el Parque Nacional de Yala, Sri Lanka.

Cuando preguntamos en un hotel de super lujo si la persona que nos estaban recomendando para llevarnos de safari tenía experiencia y era de fiar, nunca nos hubiéramos imaginado que se trataba de Omesh. He de decir que la puntualidad fue de agradecer. A las 5 de la mañana un jovenzuelo de no más de 22 años y con un corte de pelo rapado y con cresta a modo de tupé, a lo jugador de futbol brasileño, nos recogía en un Jeep en nuestro hostal. “Mejor ir deprisa porque se ven más animales a primera hora”, esbozó tímidamente como carta de presentación.

Amanecer en el Parque Nacional de Yala, en Sri Lanka.

Amanecer en el Parque Nacional de Yala, en Sri Lanka.

La distancia entre nuestro alojamiento el “Vikum Lodge”, en Tissa, hasta la entrada al Parque Nacional de Yala se cubre normalmente en unos 40 minutos. Con Omesh al volante creo que redujimos la mitad esa marca. En noche todavía cerrada y con la carretera sin iluminación, nuestro conductor corría como alma que lleva el diablo. No recuerdo los innumerables baches, volantazos, frenazos y adelantamientos al límite que llegamos a padecer. Cualquier otro jeep que tuviera a tiro, él lo adelantaba. Por cierto, cerca ya del parque, en medio de la oscuridad divisamos un elefante salvaje fuera de los límites del parque.

La siguiente frase con la que nos propinó fue “corred a la cola, el primero que llega entra antes”. Como nuestro presupuesto no daba para mucho, tuvimos que hacer cola con el resto de conductores, mientras los turistas reposaban plácidamente en sus asientos. Pagamos el conductor-guía para toda la jornada por un lado, y las entradas por el otro. Lo primero subió a unas 18000 rupias (120 euros entre los dos) y lo segundo a 6000 rupias (18 euros cada uno).
La entrada al parque consiste en una especie de puerta a lo “Jurassic Park” a partir de la cuál se extiende a lo lejos una pista de tierra roja polvorienta que se bifurca en varios tramos. Está prohibido salirse de los caminos marcados y por supuesto bajarse del vehículo. Eso a no ser que se haya uno de aliviar (porque 10 horas de safari son muchas) o exista una emergencia. Tan sólo avanzaré que nosotros bajamos varias veces del jeep y no precisamente porque tuviéramos que “ir al excusado”.

Prosigamos. A lado y lado del camino, Yala cuenta con una vegetación relativamente baja, con los árboles más altos y que ofrecen más cobertura de follaje, que quedan diseminados por el terreno. Lo que más abunda son los arbustos y árboles de pequeño tamaño que ofrecen un tupido escondrijo hasta para el más grande de los elefantes del lugar. El resto del paisaje lo componen charcas de todos los tamaños. Desde las más grandes y generosas, hasta el más sucio e infecto charquito.

A primera hora, sobre las 6 de la mañana y hasta las 8 a lo más alargar, el parque es un hervidero de movimiento. Búfalos y aves de todo tipo se acercaban a las charcas a beber después de una larga noche. De repente un chacal se propuso cruzar la carretera. Omesh se mostraba solícito a nuestras peticiones para que parara el Jeep cada vez que veíamos algún animal a una distancia digna de ser fotografiado. La lista de animales retratados resulta larga: pavos reales, cocodrilos, jabalíes, todo tipo de aves, desde los “reyes pescadores” pasando por tucanes a unos muy parecidos a los flamencos.

Pero las estrellas indiscutibles del parque se esforzaban por no mostrarse ante los focos. Éstas son y por este orden: el leopardo y el elefante. En todo el parque se cuentan por 45 los elefantes y unos 20 leopardos que comparte la condición de libres.

Yala se divide en 5 bloques. Los turistas normalmente visitan el bloque 1, mientras que el resto de secciones están habitualmente cerradas a las visitas humanas. Después de una sequía importante, seis meses atrás, los elefantes que acostumbraban a estar en el primer bloque emigraron a los bloques 3 y 4 en busca de agua. Y en cuanto a la estrella felina, resultaba que por la zona que patrullábamos tenía su área de dominio una hembra con su cría. Pero como digo el tiempo pasaba sin el más mínimo atisbo de paquidermos o “lindos gatitos”.

Hasta que de repente alguien llamó al teléfono móvil de Omesh y este se puso en marcha. Habían encontrado a un leopardo. En un alarde de velocidad, temeridad y derrapes, nuestro conductor nos llevó al lugar. Una afortunada pareja de turistas había podido fotografiar a la madre de cabeza a la cola. Mientras tanto el resto de Jeeps nos arremolinábamos ante una tupida vegetación con la ilusión de “pillar” algo. En esa ocasión lo que vimos fue, a lo lejos y entre arbustos, parte del cuerpo de leopardo. Sus manchas negras en un mar amarillento eran perfectamente perceptibles si uno se esforzaba en entornar la vista.

La voz empezó a correrse entre los conductores que, ante las caras de póquer de sus clientes susurraban “leopard”, para mayor regocijo y excitación de éstos últimos. Entonces se sucedió un inusitado baile e intercambio de posiciones entre los jeeps. De la posición por donde se vio al felino la última vez, si había un jeep rápidamente se le unían uno en paralelo, otro delante, otro detrás e incluso otro en tercera fila. Adelantábamos, nos poníamos cerca de la posición. Marcha atrás, retrocedíamos tres metros. Al cabo de cinco minutos, marcha adelante, avanzábamos cinco más. Luego nos poníamos en paralelo para que Omesh intercambiara opiniones con otro conductor. Y vuelta a empezar. Hacia adelante. Hacia atrás. En paralelo, en triple fila. Ahora un poco más cerca, ahora un poco más lejos. Con el consecuente encendido y apagado de motor reiterado. Hablo en primera persona, pero podría extrapolarse al comportamiento del cerca de 100 o 150 vehículos que podría haber en ese primer safari matutino.

“Llevábamos dos meses sin ver al leopardo”, trató de convencernos Omesh. Quedó claro que el objetivo número uno iba a ser avistar al felino. Así que montamos guardia. A ver si se movía el animal. El teléfono de Omesh quemaba de llamadas de otros conductores amigos suyos que le iban informado de si había visto algo. Igualmente ardía el pedal de aceleración, en un baile de Jeeps que duró cerca de un par de horas sin demasiados frutos. Cuando el sol empezó a hacerse notar y los animales a hacer totalmente lo contrario, a no dejarse ver, Omesh cambió de estrategia.

Sin saber muy bien cómo nos vimos envueltos en una situación que un par de viajeros como nosotros, nunca se podría haber imaginado estar viviendo. De repente, de estar en medio de un molesto zumbido de motores, nos encontramos transitando por una pista “poco frecuentada”. El terreno dejó de ser normalmente llano con baches a ser lo que parecía el curso de aun antiguo río, ahora seco. Surcos de gran profundidad y pura roca se antojaban ahora el sendero por el que rodar. A pesar de la tracción y a la “pericia” de Omesh, las ruedas patinaban y en más de una ocasión alguna quedaba en el aire. Lo que había empezado como un inocente idas y venidas de Jeeps cargados de turistas se había convertido en una travesía a solas por un camino perdido. La palabra miedo empezó a colarse en nuestras mentes.

“Ésta es la vía más difícil del parque, y es la segunda vez que la estoy haciendo”, va y se atreve a soltarnos ese insolente aprendiz de Carlos Sainz. Justo fue pronunciarlo y quedarnos atascados en un tramo de surcos infranqueable. Las ruedas traseras patinaban. Mientras Omesh intentaba a la desesperada dar marcha atrás, para inmediatamente poner la primera. Pero nada. El eje delantero se había clavado a la tierra, y las ruedas posterior y delantera de la parte izquierda habían quedado colgando. Entonces bajamos del Jeep para ver si con menos peso el vehículo salía del atolladero. En ese mismo momento fuimos conscientes de que entrábamos en un terreno salvaje y que nos encontrábamos desamparados, a merced de, como mínimo, el leopardo. Además estábamos lejos del resto de Jeeps, con lo que cabía la posibilidad de que no pudiéramos salir del lugar. ¡Vaya tela! ¿En qué momento del Safari nos metimos en semejante lío?

En los diez o quince minutos que llevábamos con el coche parado Omesh había llamado un par de veces por el móvil. Algo que nos hacía sentir todavía más inseguridad porque de bien seguro, estaría pidiendo consejo sobre qué hacer a alguno de sus amigos conductores. Entonces nuestro aprendiz de piloto de carreras decidió bajarse del Jeep con un gato hidráulico en la mano. Lo colocó en un lado del eje y con una manivela de metal alargada fue levantando el coche. Así, una vez con el coche levantado pudo, con un acelerón, sacarlo del atolladero. De nuevo en el Jeep, atravesamos un camino que continuaba siendo difícil y por segunda vez tuvimos que desalojar el Jeep. El paso parecía no ser demasiado seguro y había riesgo de que volcáramos. Así que ahí estábamos de nuevo, pisando la polvorienta tierra de Yala, en medio de centenares de animales salvajes. Por suerte, después de varios bruscos bamboleos, el coche pudo pasar, con lo que nosotros corrimos otra vez a meternos dentro.

Como última prueba en este largo purgatorio llegó un tramo inundado. Omesh no las debía de tener todas consigo porque en esta ocasión fue él el que decidió saltar del Jeep, para medir con sus propios pies y piernas, la profundidad. Perfecto, ahora si un leopardo decidía comerse a nuestro conductor, no tendríamos ninguna posibilidad de salir. Pero regresó al volante sin más percances y una vez estuvimos todos preparados, aceleró al máximo. La suerte estaba echada o salíamos airosos o nos quedábamos atascados y embarrados. De nuevo la suerte estuvo de nuestro lado y continuamos el camino. “Esto es un safari real”, soltó Omesh con una sonrisa nerviosa. En fin, nunca me alegré tanto ando al fin pudimos cruzarnos otro par de turistas. Poor cierto, ellos como nosotros llevaban ya varias horas sin ver a ningún animal, que es a lo que habíamos venido.

De nuevo en el circuito que ya conocíamos, una llamada de teléfono volvió a dar el toque trepidante a lo que se había convertido en un caluroso y monótono Safari. “Un amigo ha encontrado un elefante, pero tendré que ir deprisa”, nos advirtió nuestro conductor. ¿Y que podíamos haberle dicho? “Ve despacio, no nos importa perdérnoslo”. Por supuesto que no. Le dijimos que pisara a fondo rezándonos para que nuestros riñones acabaran de una sola pieza al final de la jornada. A partir de ese momento el camino fue una sucesión de botes brucos y saltos involuntarios de nuestros cuerpos que se alejaban una fracción de segundo del asiento, para luego volver a caer como pesos muertos, quebrándonos la espalda a cada uno. Es de justicia recordar que cada vez que en el parque se produce un accidente y un vehículo mata a un animal, el conductor tiene prohibida la entrada durante un tiempo determinado. Dudo que sea suficiente castigo a la vista de las velocidades.
Pero al fin, haber pasado por el potro de tortura durante unos minutos tuvo su recompensa.

Cuando llegamos a la charca, un jeep se encontraba al lado del paquidermo. En ese momento el elefante salía del agua para intentar cruzar el camino, hacia una zona de vegetación más tupida. Al ver que los dos jeeps le cortábamos el paso, el inteligente animal, decidió volver a la charca para rodearnos y darnos la espalda en su camino hacia el espesor arbóreo. Por fin habíamos visto al primer elefante en libertad de Yala. Una experiencia magnífica. Aún pudimos ver a otro ejemplar a lo lejos, cerca de otra acumulación de agua, justo después. Después de seis horas de safari, pudimos descansar y comer algo durante un rato, cerca de la playa con la que limita el parque al sur-este.

De nuevo en el jeep, alguien dio el aviso de que se había localizado un leopardo. Otra vez a la carrera, y mis riñones habían dejado de contar el número de golpes que habían recibido ya. Como en la anterior ocasión, al famoso felino se le podía ver a mucha distancia, entre la vegetación si uno tenía paciencia y se esforzaba. En esta ocasión parecía más evidente que estaba estirada junto a su cría. El tramo del camino volvió a convertirse en un ir y venir de coches y en un encender y apagar de motores. “No ha bebido agua en todo el día, tendrá que salir en cualquier momento”, comentó Omesh mientas aparcaba el jeep justo enfrente de un charco rodeado de barro seco. “Este es el lugar con agua más cercano, así que le esperaremos aquí”, sentenció. Y eso es lo que hicimos durante cuatro largas horas.

El tiempo transcurría lentamente mientras poco a poco, decenas de jeeps se amontonaban alrededor de nuestro vehículo. El grito de varios ciervos hizo desatar todas las alarmas. Era la señal y el aviso de que el leopardo se ponía en movimiento. Y en efecto, a lo lejos, de nuevo entre la espesura, tan sólo los privilegiados pudieron ver al completo la figura del esbelto animal. Entre ellos Esther.

De nuevo la voz se había vuelto a correr y todos ansiaban ver a la hembra de leopardo y a su cría bebiendo en la charcha. Todos esperaban una foto para el recuerdo. Quizá por eso, varios trabajadores del parque se acercaron al lugar para decir a nuestro conductor que no podía estacionar el jeep eternamente en ese lugar, que el resto también tenían derecho a ver al leopardo. ¡Y nos lo decían después de haber pasado más de tres horas esperando que teníamos que marcharnos! De ninguna manera. Omesh no lo iba a consentir. Después de una acalorada discusión, nuestro conductor movió tan sólo unos metros dejando pasar a varios coches para inmediatamente después volver a colocarse en primera fila.

Aunque los esfuerzos de nuestro conductor fueron en vano puesto que debido a los gritos de la discusión, el rugido de los motores y la acumulación de jeeps, la hembra de leopardo decidió no hacer su aparición estelar. Después de casi 10 horas de safari y de haber visto a trozos al felino más famoso de Sri Lanka, era hora de ir regresando a la puerta principal del recinto. Como de si una procesión se tratará, jeep tras jeep íbamos enfilando lo que parecía el camino hacia la salida. Cuando de repente, Omesh decidió cambiar de ruta, en una frenética carrera en la que también participaban varios amigos conductores. Y todo esto, bajo el asombro de los turistas que íbamos de paquetes. Resulta que nuestro conductor no se daba por vencido y pretendía quemar la última carta yendo a toda velocidad a otro punto del parque para avistar al animal. Varios jeeps le siguieron y una vez llegados al lugar se produjo el habitual baile de movimiento de coches, pero esta vez mucho más rápido si cabe.

Nada. De nuevo la decepción. Así que esta vez Omesh apretó el acelerador al máximo rumbo a la salida puesto que habíamos sobrepasado la hora de salida de Yala. A un par de quilómetros de la puerta principal tuvimos la suerte de avistar a un elefante que justo se encontraba en el margen derecho de la calzada. El frenazo fue de tal magnitud que el paquidermo se encaró contra nuestro jeep balanceando frenéticamente la cabeza y la trompa, y dirigiéndose hacia nosotros. Fue una muestra de fuerza, puesto que cuando nos dispusimos a salir pitando, el elefante paró en seco. Menuda traca final para un largo día de safari.

Quiero acabar diciendo que al salir un cuarto de hora más tarde de la hora permitida, a Omesh le prohibieron entrar en el parque durante una semana. Eso o una multa económica. Así pues, aunque la velocidad es su asignatura pendiente, este aprendiz de Carlos Sainz, como me gustarrá recordarlo, demostró tener un verdadero empeño en querer enseñarnos a todos los animales del parque. Parecía que en ello le iba la vida y por eso se lo agradeceremos siempre.

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