GILI AIR, LA ISLA DEL BUCEO QUE SE MUEVE CON CARROS DE CABALLOS

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A la isla Gili Air llegamos a través del puerto de Bangsal, en el extremo nord-occidental de la isla de Lombok. Allí, antes de llegar al minúsculo y apartado puesto donde venden los billetes para el bote público hasta Gili (10.000 rupias indonesias, unos 75 céntimos) os intentarán estafar de cualquier forma. Nosotros caímos en una primera trampa que ya nos puso en alerta inmediatamente. Conseguimos que un taxista nos llevara desde el aeropuerto de Praya hasta Bangsal por seis euros cada uno. Un precio bastante razonable, tirando a bajo teniendo en cuenta que  que se trataba de un trayecto de más de dos horas en coche. Pues bien, si tiempo de reacción, tan solo cinco minutos antes de parar, el taxista nos dijo que debíamos tomar un carro tirado por un caballo para realizar el último tramo. El recorrido, que nosotros desconocíamos, se trataba de tan solo unos trescientos metros que pagamos a precio de oro, tres euros.

Posteriormente, el conductor del carro nos dejó delante de la oficina de un tipo que por primera vez en este viaje no nos dio buena espina. Insistía hasta la saciedad en que le compráramos un tiquet completo de ida y vuelta, con conexión al aeropuerto, por unos 21 euros cada uno. Aunque le dijéramos que queríamos comprar el billete normal, no se daba por vencido y trataba una y otra vez de convencernos que una vez en Gili Air, no podríamos comprar ningún billete. Finalmente preguntamos a otras viajeras que nos dijeron dónde comprar el billete que andábamos buscando. El “mister” se quedó con un palmo de narices.

Esperamos pacientemente en la playa hasta que se reunió el número de personas necesarias para llenar el bote. Aquello parecía una patera. Cajas con comida, mochilas a reventar, una caja inmensa que contenía una nevera, hasta un colchón. ¿Y las personas? Nosotros íbamos apiñados. Paisanos, vecinos de la isla de Gili Air, familias enteras, y luego claro, los turistas. El trayecto es corto, no más de 15 minutos. La isla de Gili Air es la más cercana al puerto. Luego se encuentran por orden de cercanía, la isla Gili Meno y la Gili Trawangan.

Después de unos días en la isla creo que puedo resumir en una con un par de conceptos la esencia de este lugar. Ahí va. Un carro a caballo repleto de botellas de oxígeno para bucear,  en medio del relax más absoluto. El único medio de transporte de la isla es el “dokar”. Decenas de estos peculiares carros se mueven por la arena de la avenida principal, que es donde se encuentran todos los resorts, las escuelas de buceo y los restaurantes a pie de playa. Y se hacen notar. El ruido de los cascabeles que llevan adosados los caballos y en especial el toque de bocina que accionan los conductores, son los únicos dos sonidos que interrumpen el relax de los viajeros.

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El buceo en la isla Gili Air ha hecho que este paradisiaco enclave haya experimentado un crecimiento de dudoso equilibrio con la preservación del medioambiente. En especial el medio subacuático. Centenares de pequeños objetos de plástico como tapones, botellas  y bolsas, entre otros desechos, se zarandean en la arena, al ritmo de las olas. A pesar de eso, los habitantes de la isla parecen estar esforzándose por controlar los vertidos a mar abierto, y también por reciclar.

Nuestro centro de buceo ha sido Manta Dive (unios 24 euros cada inmersión), a unos quinientos metros al este del puerto. Allí hemos experimentado algunas de las mejores inmersiones que hemos tenido la suerte de participar hasta el momento. En la primera de las bajadas, el grácil vuelo de una tortuga del tipo hawskill nos dio la bienvenida. El movimiento delicado y casi ondulante de sus patas delanteras y traseras es casi hipnótico. Se trata de una de las experiencias más extasiantes que se pueden vivir bajo el agua. La segunda vivencia más inquietante es la de verte rodeado por tiburones. Nosotros pudimos ver tres escuálidos de puntas blancas. Dos de ellos de medio tamaño, y el tercero de entre un metro y medio, y los dos metros. Éste último, protagonizó el momento más tenso de la inmersión cuando se dirigió hacia nosotros, encarándose a unos pocos metros. Hay que decir que los encontramos descansando en paralelo con el fondo del mar, que en ese punto estaría en unos 24 metros de profundidad.

Después veríamos más tortugas, en especial otra de medio tamaño de caparazón un tanto descascarillado y de color entre grisáceo y verdoso. Para mí fue uno de los momentos más emotivos, ya que estuve buceando a tan sólo unos centímetros del delicado ondular de la tortuga.

En otra de las inmersiones pudimos ver a la imponente tortuga verde, de mucho mayor tamaño. Permanecía descansando al lado de un inmenso coral en forma de ovillo hueco de color rojizo. No se inmutaba ante la impertinente presencia de cuatro buceadores o “divers”. En la última de las bajadas también hemos contemplado a otra tortuga verde, también de un tamaño imponente. En esta ocasión hemos podido verla relajada aposentado en el fondo, a una profundidad que debería rondar los 20 metros. Con algo de esfuerzo hemos conseguido colocarnos junto a ella, justo enfrente. No ha debido de agradarle mucho nuestra presencia, porque después de unos segundos ha empezado a emerger hacia la superficie con su característico suave aleteo.

Hemos podido reconocer decenas de peces más comunes y por tanto más fáciles de ver. Como los temibles peces leones de aspecto terrorífico, con franjas negras y marrones. También hemos visto cómo una raya de puntas azules se mimetizaba a la perfección con el fondo marino. Además en el mar de las Gili abundan los peces loro, los peculiares y juguetones “batman” pintados de franjas negras a la altura de los ojos, también las temibles morenas. Sin dejar de desmerecer las sinuosas serpientes que tienen medio cuerpo enterrado en la arena de modo que la otra mitad queda erguida como si de una alga se tratara. O sin pasar por alto los curiosos “fishbox” o peces caja, con un cuerpo de aspecto rectangular. Todo esto por no hablar de los innumerables bancos de peces pequeños, de colores vivos y de aleteo veloz que nos envolvían de vez en cuando. En resumen, un acuario gigantesco totalmente a nuestro alcance.

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