BALI, UBUD

Varias mujeres separan el grano del arroz, de la paja en un arrozal de los alrededores de Ubud (Indonesia).

Varias mujeres separan el grano del arroz, de la paja en un arrozal de los alrededores de Ubud (Indonesia).

Dicen que si encuentras cualquier error en la información que ofrece la guía Loney Planet, y se lo haces saber, en la próxima edición lo corrigen, y además te atribuyen la corrección. No creo que pase a la historia por haber corregido el precio que cuesta el trayecto desde el aeropuerto de Denpasar (Bali) hacia Ubud. Que ha pasado de 210.000 rupias a 250.000. Pero eso me da pie a explica cómo fue nuestra entrada en Bali y nuestro viaje hacia a Ubud, la capital cultural de la isla, por excelencia.

A Bali se llega por mar, aunque se viaje en avión. Las pistas de despegue y aterrizaje se encuentran a muy poca distancia del reino de Poseidón (10 metros). Se sobrevuela el agua azul turquesa a escasos metros mientras se va accediendo a tierra firme, entre palmerales y arena. Nos sentíamos como auténticos grumetes del aire. Lo segundo que sorprende de la isla es que muy pocas mujeres se cubren la cabeza. Aquí impera el hinduismo y el budismo. Bali es diferente.

La distancia entre el aeropuerto y Ubud es de aproximadamente una hora en taxi. Un viaje ciertamente cómodo a excepción del atasco casi rutinario de las salidas y entradas al recinto. Además, el pasado mes de octubre entró en funcionamiento una nueva autopista “Ngurah Rai” que por unas 10.000 rupias más acorta un poco el trayecto. A penas deben ser unos 5 kilómetros y el asfalto se asienta sobre carriles de hormigón elevados entre marismas.

Los talleres y tiendas de artesanía preceden a Ubud y adelantan lo que más tarde la ciudad ofrecerá al visitante. La estrecha y sinuosa carretera está literalmente revestida de viviendas, tiendas, talleres y puestos. Figuras talladas en madera y piedra de Buda, Visnu, Brahma o Ganesh. Piedra y madera trabajadas en “retablos” en relieve que a la postre servirán para decorar las paredes y entradas de las casas, hoteles y templos. También abundan las estatuas talladas en granito de los seres de la “mitología” hinduista, como los hombres mono de enormes y afilados dientes.

Y entre edificios, todos ellos bajos (de una o dos plantas a lo sumo), la exuberante vegetación hace acto de presencia. Además se pueden apreciar cuidados jardines de árboles frutales. Sorprenden lo trabajados los templos, la mayoría de piedra con columnas repletas de pequeños escalones y alargadas y estrechas puertas de entrada. Se trata de espacios abiertos donde se puede contemplar estatuas de varios dioses propios del hinduismo. Se conoce que un pueblo empieza y termina, dentro del continuo de edificaciones que se ve desde la carretera, porque al inicio aparece un primer templo dedicado a Visnu, hacia la mitad se encuentra el templo de Brahma y hacia el final el de Ganesh. Y se distinguen las casas pos sus tejados acabados en punta de cuatro aristas, con sus particulares tejas rojizas.

Todas las casas tienen un templo hinduista orientado de tal manera que hacen esquina al norte y al este con el resto del domicilio. Este se compone de una zona de trabajo donde hombres y mujeres se dedican a fabricar productos manufacturados. Por ejemplo revestimientos de hojas de palma secas para las habitaciones de los hoteles de los turistas. También el taller o zona de trabajo sirve para preparar la comida. Aunque la casa dispone de cocina, un lugar oscuro y rezumante a hollín con un espacio para la lumbre, y no demasiados accesorios de cocina como ollas, y alguna sartén honda. El resto de habitáculos se utilizan como habitaciones. Incluso hay espacio para el engorde de cerdos.

Y si cada casa cuenta con un templo, dedicado a la oración y al acercamiento con Dios (hinduista o budista) el edifico también está dotado de un espacio para la los eventos especiales que tienen que ver con la persona. Ya sean nacimientos, bautizos, bodas o defunciones. La religión y la tradición marcan que los balineses, una vez pasan a mejor vida, deben ser quemados en una pira. Algo a lo que para la mayoría de balineses se consigue no sin antes pasar grandes padecimientos y sufrimientos. La quema de un difunto puede costar varios millones de rupias. Un chico joven que nos ayudaba en una excursión en bicicleta nos comentaba que en la zona de Ubud en los últimos cinco años sólo se había producido una cremación. Algo que francamente hay que poner en cuarentena. Lo que sí que es cierto es que la mayoría de las familias opta en la actualidad por enterrar a sus muertos hasta que pueden reunir el suficiente dinero como para pasado unos meses o años, quemar los restos de sus seres queridos.  

Los alrededores de Ubud constituyen la imagen de postal de recuerdo que todo turista quiere llevarse consigo de vuelta. Bancales de verdes arrozales. Algunos anegados de agua reflejan el cielo azul mientras que otros ya están a punto para la cosecha. En algunos, familias enteras separan el grano de la paja. Abundan las mujeres mayores, casi ancianas de tez oscura surcada de arrugas curtida por los años y el esfuerzo. Se dedican a cribar la cosecha. Bien golpeando manojos de la planta de arroz para dejar caer los grano, bien moviendo una criba (aparejo utilizado en la agricultura tradicional). Otras muchas ancianas caminan carretera arriba y abajo ataviadas con una toalla ceñida a la cabeza, y así cargan todo tipo de mercancías. Las más comunes grandes fuentes o vasijas de hojalata con ofrendas.

La “bantans” u ofrendas están por todas partes. Son pequeñas cestitas cuadradas echas de hojas de palma en donde se dejan trozos de banana, flores, incienso y demás cosas que quieren ser ofrecidas a modo de contraprestación para granjear protección. Cada mañana se van depositando en diferentes lugares de la casa. En muchas ocasiones se encuentran delante de la puerta de entrada de cualquier edificio, en el suelo de la propia acera. Las mujeres se encargan de preparar las ofrendas cada día, también de bendecir los diferentes espacios.  

Otro ejemplo de cómo la religión ejerce de centro gravitatorio en la vida de los balineses son las “penjors” que están colocadas a las puertas de cada casa. Se trata de una especie de palma de semana santa compuesta por una pase larga de caña de bambú, que juntada con hojas de palma secas, se vence hacia delante como una caña de pescar tirada por un pez. El penjor está decorada con círculos hechos de la palma, y en el extremo cuelga un círculo confeccionado por un entrelazado de esta hoja. La preparación de cada una dura entre tres y cinco horas y quedan puestas durante los 35 días que dura la festividad del “Galungan”.

Nosotros tuvimos la oportunidad de ver la procesión precedente a la última celebración el día en que las pejors deben ser retiradas y quemadas. Se trata de la festividad del “Buda Kliwan Bdegat Tuwake Galungan”. Todos los varones del pueblo visten pareo, camisa y gorro (llamado udeng) blancos y marchan junto con las mujeres que, vestidas con el traje típico, van cargadas de las ofrendas sobre sus cabezas. Luego, a las 12 de la noche, la tradición obliga sacrificar tres cochinillos y derramar su sangre sobre el suelo del templo para purificar las almas.

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