UN DÍA EN LA VIDA DE UN CAMBOYANO

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Camboya es mucho más que los templos de Angkor. Ese es el sentimiento que albergábamos en nuestro interior. Pero ¿cómo descubrirlo teniendo como “base de operaciones” la ciudad de Siem Reap? Se trata de un lugar dedicado totalmente a atender al turismo. Tuk-tuks por todos lados, paradas de comida, mercadillos de copias, restaurantes de  mojitos a un dólar, pero sobre todo turistas. Y muchos de ellos con la única intención de comprar souvenirs baratos, comer suculentos platos por poco dinero y emborracharse casi gratis.
Y entre medio de ese bullicio  las escenas que hacen estremecer el corazón. Niños muy pequeños por todos los lugares y a todas horas. Algunos de ellos descalzos y sucios, con la cara llena de legañas. Niñas con bebés en brazos pidiendo limosna, otros vendiendo todo tipo de souvenirs con una cesta colgada al cuello y la mayoría obligados a trabajar por sus padres en sus negocios.
No cruzamos la frontera durante casi 30 horas desde Tailandia para conocer una Camboya que más tiene que ver con un pueblo playero en plena costa del sol (pero lleno de miseria), que con la mítica estampa del campo de arroz inundado, con el pintoresco pueblo asentado a lo lejos, entre palmeras y cañas de bambú.
Así que, como suele pasar con las cosas importantes en la vida, la solución a nuestro desánimo llegó por casualidad. Deambulando por la ciudad, caída ya la noche, entramos en un local de información turística para preguntar sobre una dirección.
Nos dijeron que se encontraba más lejos de lo que nos esperábamos. Nueva frustración. Pero por contra, descubrimos en un dispensador de tripticos una actividad que nos atrajo desde el primer minuto. Se trataba de visitar durante un día  Kompheim village. Un pueblo rural, a unos 16 km de distancia al sureste de Siem Reap. Allí podríamos convivir con los habitantes locales, ayudarles en sus quehaceres y visitar el colegio y la pagoda (templo) locales.
Ambiente rural, contacto directo con camboyanos y participar en la vida real del país, ¿alejados del bullicioso Siem Reap? Sonaba fenomenalmente bien. Así qué decidimos reservar dos billetes a 35 dólares cada uno. Pensándolo por un momento resultaba ser mucho dinero para una sola actividad, pero parte de nuestros dólares iría destinada a cubrir algunas de las necesidades básicas de los lugareños. Quienes por otra parte, la inmensa mayoría eran muy pobres.
El día empezó con el saludo protocolario a Toeur,  nuestro guía. Un joven de aproximadamente 30 años de semblante sonriente y muy educado, que hablaba un inglés suficientemente fluido y comprensible. El paseo hasta nuestra primera parada fue una consecución de campos de arroz semi-anegados, bananos cargados de frutos aún demasiado verdes y palmeras solitarias. Mientras, desperdigadas en ese paisaje, cabañas construidas a base de cañas de bambú y hojas de palma. La mayoría se levantaban un par de metros del suelo soportadas por cuatro pilares construidos por ladrillos y cemento. De esa manera dotaban a su “casa” de un piso más. Un soportal a la sombra, más fresco, en donde se desarrolla gran parte de sus vidas. Ya sea cocinando, trabajando en alguna manualidad o simplemente tumbados en una hamaca.
Quedaban alrededor de 500 metros por un camino de tierra polvoriento hasta llegar a nuestro destino. Para recorrerlo, dos carros de madera y bambú y dos pares de vacas y búfalos camboyanos, nos aguardaban. Dos grandes ruedas construidas de madera unidas por un eje en rotación, dotaban de movilidad  a “una caja” rectangular y estrena hecha de madera y como única comodidad una alfombra. En el extremo delantero se situaba el conductor sentado con las piernas en cruz. Y más adelante, la fuerza motora. Dos rumiantes amarrados por sendas riendas en cuyos cuellos se soportaba el peso del palo de enganche al carro.
La sensación mientras la ruedas giraban fue sorprendentemente agradable. Los animales tiraban. Del carro a ritmo tranquilo y sin sobresaltos. Después de unos minutos al fin llegamos a la casa de la familia en cuestión. Llegó el momento de las presentaciones. Una chica todavía joven vestida con un pareo estampado y una camisa, nos saludaba con un criatura totalmente desnuda en brazos. De tez morena sus ojos desprendían una gratitud distante y se mostraba en todo momento a la expectativa. Le acompañaban una mujer mayor muy coqueta, igualmente vestida pero con el pelo recogido y escondido bajo un pañuelo convenientemente colocado. Y alrededor de esas dos mujeres tres niños más, de muy corta edad e igualmente descalzos. Su apariencia era desaliñada. No confiaban en nosotros, siempre se situaban a una distancia prudencial.
Más tarde apareció el cabeza de familia. Era el único que trabajaba. Como taxista con una motocicleta no se ganaba demasiado bien la vida. Apenas si traía algo de dinero a casa cada día.
Después de un saludo fugaz, nuestro guía nos indicó cual iba a ser nuestra primera actividad del día: construir paneles de hojas de palmera para cambiar el techo de la cabaña. Este estaba recubierto totalmente de palmas. Al menos una vez cada seis meses se debía proceder a realizar el cambio debido al desgaste del tiempo. Ahora que estaba próxima la llegada de la estación lluviosa, la familia dedicaba tiempo a la confección de dichos paneles.
Así que, manos a la obra. Sentados en unas alfombras bajo un cobertizo multitareas, nuestro guía nos mostró cómo confeccionar un panel. Se toma como base una tira de bambú fina, larga y resistente. En ella se van colocando las hojas de palma dobladas. La disposición es como si a un libro le ponemos una indicación en una página cualquiera, con un trocito de papel doblado. Se empieza por un extremo colocando una hoja de palma y se sujeta a la siguiente “cosiéndolas” con un hilo de hoja de palma. Éste tiene una punta afilada y endurecida a fuego que hace las veces de aguja. Así, una a una se van cosiendo todas sujetas a la tira de bambú.
Luego antes de colocarlas en el techo se han de sumergir en agua durante algunos días para retirar la resina propia de la palma que tanto atrae a los mosquitos. De esa manera los lugareños se aseguran mantener a ralla a tan molestos insectos, en su propia casa.
Después de estar algo más de tres horas “tejiendo” parte del futuro tejado de la familia,  nos dispusimos atender nuestro curso personalizado de cocina tradicional camboyana. Una vez barridas las alfombras llenas de polvo de nuestro anterior trabajo, el espacio multiusos se convirtió en una improvisada cocina.
Ese día íbamos a preparar un plato especial, llamado “Brah hok Chen chram”. Tiene un nombre bastante rimbombante y no es para menos. Los ingredientes son los siguientes: chili (picante), lemon grass (algo parecido al apio), pescado fermentado, cacahuetes y para acabar de darle sabor, hormigas rojas y huevas. ¿Qué os parece? Las hormigas y las huevas estaban mezcladas en una “melé” mojada, ya que la manera de conservarlas era con agua en un antiguo bote de pintura.
Nos quedamos patidifusos al saber que las hormigas rojas son una delicatessen para los camboyanos. Además si uno quiere comprarlas en el mercado valen su peso en oro. Aunque  en la familia, la forma más habitual de conseguirlas era extrayéndolas directamente del árbol que las aloja. Así de simple es la vida de campo.
Volvemos a la preparación. Digamos que uno no tienen que ser un experto para preparar comida camboyana, al menos para preparar este plato. Con un cuchillo con la hoja más grande que haya visto en mi vida, se troceaba todo hasta dejarlo bien picadito. La mezcla resultante era una amalgama pegajosa de trocitos rojos, verdes, blancos y marrones. En cuanto a la degustación hubo dos variantes. La primera fue comérselo tan cual, combinado con un trozo de pepino. Y la segunda, después de haber hecho con él un paquete envuelto en hoja de banano, y pasarlo a la parrilla. En ambos casos he de decir que el resultado cuanto menos era desagradable. Quizá por el picante del chili, o puede que por el sabor potente del pescado fermentado. La verdad es que el sabor de las hormigas y las huevas pasaba bastante desapercibido.
Como complemento a este plato principal (que según nuestro guía era típico de celebraciones especiales como las uniones matrimoniales) también comimos arroz blanco, sopa de verduras, sandía y pescado seco. He de decir que éste último tenía un sabor agradable a pesar de su aspecto.
No fue tan agradable ver como al terminar de comer nosotros, los restos de nuestra comida fueron a parar a la familia. No habían querido compartir nuestra mesa porque debían controlar a los más pequeños. Al menos eso es lo que nos dijo el guía. Pero de ahí a que comieran luego nuestras sobras nos pareció tremendo. Personalmente me sentí muy violentado. Como si esa familia hubiera mendigado en su propia casa gracias a nuestra visita. Dantesco.
Mejor sabor de boca se nos quedó después de haber plantado cada uno de los tres que realizábamos la actividad, un árbol en el jardín de la casa. Fueron un limonero, un mango y del mío, no recuerdo el nombre pero me dijeron que el fruto que daría sería similar al kiwi. Plantando árboles se ayudaba a asegurar la alimentación de la familia y de paso a “reforestar” los maltrechos bosques. Las últimas cifras son terroríficas.  La tala indiscriminada ha dejado a Camboya con un 20% de la masa forestal que tenía.
Una vez acabada la plantación y de  despedirnos de nuestra familia, nos dirigimos a la escuela privada del pueblo, Kok Kpors School. La particularidad de esta escuela, que en el momento de nuestra visita permanecía cerrada por vacaciones, era que sus paredes estaban hechas de botellas de plástico rellenadas de desechos plásticos. Había sido la culminación de un proyecto benéfico que pretendía escolarizar gratuitamente a los niños del entorno. No vimos niños pero sí a varias mujeres que cosían muñecos y prendas de forma desinteresada,  para recaudar fondos para los más pequeños. No pudimos evitar comprar un caballito verde hecho por la señorita “Hau”.
Donde sí vimos niños fue en la escuela pública. Situada dentro del recinto de la pagoda o templo, estaba constituida por cuatro aulas, que en el momento en que llegamos tenían las puertas abiertas. Era el momento del patio, y las niñas y los niños (todos uniformados) jugaban al fútbol, al béisbol sin bate, a saltar la comba, al pilla pilla. Juegos de niños, como podrían ser los de cualquier colegio en España, aunque con una diferencia. En mi vida había visto brillar de tal manera las pupilas de nadie, como lo hacían las de los ojos de esos pequeños. Y siempre con una sonrisa inocente en los labios, que ablandaría el corazón del más insensible.
Algunos también repasaban dentro de las aulas. Era el caso de un niño-monje de unos ocho a diez años. Enfundado en una túnica naranja, compartía un desgastado pupitre de madera con otro compañero. En la mayoría de las ocasiones, los niños-monje proceden de familias muy humildes que de otra forma no podrían pagar los estudios ni la manutención de sus hijos. También se da el caso dentro de la religión budista que en el después de una muerte en la familia, uno de los hijos debe emprender los estudios, pero también la vida de monje. Como si se tratar de un luto mezclado con la creencia en la reencarnación. Desafortunadamente, ese era también el caso de aquel muchacho que no pestañeaba ante nuestra presencia.
De las aulas qué decir, unos cuantos pupitres de roída madera encarados hacia una pizarra antigua, y las paredes decoradas con algunos pósters con la fotografía del presidente del país. Ningún lujo más. Teniendo en cuenta que por lujo hablo de libros.
En Camboya hasta los  seis años los niños no empiezan a ir a la escuela. Eso los que pueden ir, porque continúa habiendo un alto índice de analfabetismo. Además los padres no están obligados a llevar a sus hijos a la escuela. Para los que sí lo hacen existen dos turnos. Mañana o tarde. Así los pequeños “se lo pueden combinar” para “ayudar” a sus padres. Aunque la alternativa a la escuela no sea bastante alentadora. Por cualquier lado se ven niños de muy corta edad deambulado solos, pidiendo limosna, vendiendo con sus padres en puestos callejeros, o simplemente dejados de la mano de Dios en la parte de atrás del negocio familiar
Y mientras, al lado de la escuela, el templo. Arquitectónicamente y simbólicamente resulta un mix entre budismo e hinduismo. Con una imagen de Budha en su interior, pero con estatuas de animales protectores afuera, como la serpiente. Rodeándolo cabe  destacar varios mausoleos familiares construidos en forma piramidal. Los restos mortales de los que  mueren más jóvenes van en los escalones inferiores. Y los difuntos de más edad, en la “cima”. Eso para los que pueden pagar los 3000 dólares que cuesta su construcción. Para los pobres de reserva un espacio diminuto detrás de una loseta con el nombre medio borrado de la persona querida. Detrás del templo, un poco alejado, se divisa el crematorio.

 

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