LA INCREÍBLE HISTORIA DE “PAI”

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El gallo cantaba. Eran las cinco y media de la mañana y en Chiang Mai ya despuntaba el día. En el despertador la hora convenida eran las seis menos 20. A las siete de la mañana una furgoneta con un aire acondicionado del demonio nos llevaría camino a Pai, un pequeño pueblo 132 kilómetros más al norte. En efecto, a las siete y media ya habíamos acabado de recoger por sus hoteles a todos los pasajeros.

Campo de arroz anegado a las afueras de Pai, al norte de Tailandia.

Campo de arroz anegado a las afueras de Pai, al norte de Tailandia.

Unos viajeros ya nos habían advertido que el viaje estaba lleno de curvas y que los conductores no dejaban de pisar el acelerador durante todo el trayecto. Al punto que la “vanette” debía parar para que el personal vomitara. En nuestro caso la vomitera de una china llegó a pocos quilómetros de llegar a nuestro destino. No quiso parar no sé si por vergüenza o resistencia estoica.

Vista desde la luna del mini bus que nos llevó desde Chiang Mai a Pai, por una sinuosa carretera repleta de curvas (Tailandia).

Montañas de la provincia del Mae Hong Son de camino a Pai, al norte de Tailandia.

Montañas de la provincia del Mae Hong Son de camino a Pai, al norte de Tailandia.

Los que veíamos por las ventanillas era simplemente selva salpicada de aldeas, negocios a pie de carretera y campos de cultivo de arroz, mayoritariamente.

Una campesina lleva en sus manos varios fajos de brotes de arroz para plantar, en Pai al norte de Tailandia.

Una campesina lleva en sus manos varios fajos de brotes de arroz para plantar, en Pai al norte de Tailandia.

Un campesino sostiene la azada en un campo de arroz en Pai, al norte de Tailandia.

Un campesino sostiene la azada en un campo de arroz en Pai, al norte de Tailandia.

Pai, ¿cómo decirlo?, es el lugar de retiro de hippies, idealistas o simplemente de gente corriente cansada de sus vidas en ciudades grises. Muy conocida por los turistas por la facilidad para conseguir droga y la permisividad de las autoridades, no lo ha sido tanto por los propios tailandeses que empezaron a apreciar a esta ciudad a partir de una película rodada aquí a principios del 2000.

Bebida hecha a base del triturado de hierba llamado localmente "grass drink" y servido en una de las cafeterías biblioteca de Pai, al norte de Tailandia.

Bebida hecha a base del triturado de hierba llamado localmente “grass drink” y servido en una de las cafeterías biblioteca de Pai, al norte de Tailandia.

Rodeada  de selva, campos de cultivo, cascadas naturales, aguas termales y templos, Pai es el lugar perfecto para no hacer nada. Ese es el lema, bajar el ritmo y disfrutar de las pequeñas cosas que ofrece el lugar. También es el sitio ideal para vivir una experiencia de primera mano con la naturaleza. Incluso los alojamientos están totalmente integrados con el paisaje selvático. Son los llamados “cottage” o complejos de cabañas de madera y cañas, más o menos cuidados.

Cascada de Mo Paeng en la provincia de Mae Hond Son, al norte de Tailandia.

Cascada de Mo Paeng en la provincia de Mae Hond Son, al norte de Tailandia.

Las cabañas o lodges al otro lado del río en Pai, al norte de Tailandia

Las cabañas o lodges al otro lado del río en Pai, al norte de Tailandia

Cascada de Mae Yen, en la provincia del Mae Hong Son, al Norte de Tailandia.

Cascada de Mae Yen, en la provincia del Mae Hong Son, al Norte de Tailandia.

Y de todas las estancias, donde la experiencia “salvaje” es más profunda es en las cabañas hechas de cañas de bambú, recubiertas por hojas de palma secas y levantadas del suelo por postes de madera. En muchos casos el baño se encuentra a cielo abierto, y has de lidiar con arañas gigantes y peludas para poder ducharte, con agua fría por supuesto. Además dichas cabañas se encuentran en medio de la maleza y la vegetación, al otro lado del río. Donde las noches no son tan calurosas como al otro lado, pero donde los mosquitos participan de un gran banquete de sangre, a nuestra costa.

Imagen del baño, a cielo abierto, de la cabaña en la que nos alojamos en Pai, Tailandia.

Imagen del baño, a cielo abierto, de la cabaña en la que nos alojamos en Pai, Tailandia.

Imagen de la habitación de la cabaña en la que nos alojamos en Pai, al norte de Tailandia.

Imagen de la habitación de la cabaña en la que nos alojamos en Pai, al norte de Tailandia.

En Pai sólo hay una cosa que rompe el sonido de la tranquilidad, el petardeo de las scooters  (motocicletas de poca cilindrada). Alquilar una durante dos días cuesta el irrisorio precio de 140 bahts (algo más de tres euros) al día. Con ellas los viajeros pueden alejarse por carreteras secundarias y disfrutar de los lugares de interés más recónditos.

Detalle de la matrícula de una de las decenas de scooters con las que turistas y lugareños recorren las calles y los alrededores de Pai, al norte de Tailandia.

Detalle de la matrícula de una de las decenas de scooters con las que turistas y lugareños recorren las calles y los alrededores de Pai, al norte de Tailandia.

Así que para nuestra sorpresa, y nada más poner un pie en Pai, nos vimos rodeados por motocicletas que circulaban en todas direcciones. Algunas de ellas conducidas por las manos expertas de lugareños (el uso del casco no está muy extendido), aunque otras corrían alocadas, al manillar de las cuáles, iban  turistas ansiosos por quemar gasolina.

Y en entre todo ese barullo ensordecedor de tubos de escape se encontraba “Pai”. No me refiero a la ciudad, sino a una cachorrilla de perro callejero de menos de un mes de vida, que vagaba desorientada intentando esquivar  las ruedas de las motocicletas. De pelaje marrón claro con algunos brochetazos de color negro y un tamaño un poco más grande que una palma de persona adulta, ahí estaba totalmente aterrada. “Pai”, así la bautizamos en honor a la ciudad donde la encontramos.

Desde el primer momento Pai se hizo un hueco en nuestro corazón, en Pai (Tailandia).

Desde el primer momento Pai se hizo un hueco en nuestro corazón, en Pai (Tailandia).

Una cachorrilla tan pequeña sin madre que la defendiera y que la enseñara a alejarse de los peligros de la calle no sobreviviría. De eso estaba convencida Esther que con una visión panorámica y una agilidad de gacela se abalanzó al rescate. De repente se presentaron ante mi dos situaciones inesperadas. Por un lado Esther que llevaba a una cría de perro entre sus brazos. Y por el otro, un incógnita: qué hacer con el animal.

Estuvimos buscando a lo largo de toda la calle principal a ver si veíamos algún rastro de perra con las mamas hinchadas (con perdón de la expresión). Pero después de un rato intentándolo no tuvimos suerte, ninguna madre perra aceptaba a nuestra pequeña Pai. Así qué decidimos dirigirnos a un templo budista cercano. Sabíamos que en algunos templos aceptaban animales como perros o gatos de los que se hacían cargo los monjes. En algunos, los animales campaban a sus anchas entre estatuas de Buda y cajas de limosna.

Llegamos a uno. Y no hizo falta articular palabra. Con tan sólo enseñar a Pai desde lo lejos a un monje que encontramos dentro ya conocimos la repuesta: no. Y es que la actitud del monje fue un reflejo del sentimiento que tienen los tailandeses acerca de los perros. En la mayoría de los casos los consideran un “accesorio” más de sus calles. Un elemento más del paisaje al que alimentar de vez en cuando con las sobras, pero nada más.

Así pues, con nuestras mochilas grandes a la escalada, nuestras mochilas pequeñas delante y la pequeña Pai en brazos de Esther, nos dedicamos a buscar alojamiento. En efecto, cruzamos el río a través de un puente hecho de cañas bambú (que daba miedo) para acabar quedándonos en una de las cabañas de las que ya he hablado. Pero en nuestro caso escogimos una de ladrillo.

Puente que separa la villa de Pai de los cottages o cabañas donde nos alojamos, Tailandia.

Puente que separa la villa de Pai de los cottages o cabañas donde nos alojamos, Tailandia.

Nuestra cabaña hecha de ladrillos, al otro lado del río, en Pai (Tailandia).

Nuestra cabaña hecha de ladrillos, al otro lado del río, en Pai (Tailandia).

Así qué ahí estábamos, Esther, Pai y yo. Por cierto, ella no paraba de explorar todos los rincones del jardín, así que teníamos que ir corriendo detrás de ella para que no le pasara nada. Como primera comida le dimos un poco de batido de chocolate y bizcocho desmenuzado. Hay que decir que si algo positivo tienen los perros callejeros es que  se lo comen todo, y Pai había aprendido rápido de su madre, aunque la hubiera abandonado tan pronto. Comía con ganas.

Esther abraza a la pequeña Pai después de un baño relajante en Pai, al norte de Tailandia.

Esther abraza a la pequeña Pai después de un baño relajante en Pai, al norte de Tailandia.

Pai se returce en la hierba a las caricias de Esther, en Pai al norte de Tailandia.

Pai se returce en la hierba a las caricias de Esther, en Pai al norte de Tailandia.

Pero si algo tienen malo los perros callejeros, a pesar de todo lo que se os pueda pasar por la cabeza, es que están llenos de pulgas. Y Pai no iba a ser una excepción. Las pulgas se la comían viva. Iban de sus pequeñas orejas hasta sus ojos. No paraba de rascarse. Al menos logramos quitarle una decena de pulgas, pero seguramente le quedaron muchas más. Como solución, muy poco efectiva, pero lo único que se nos pudo ocurrir decidimos ducharla en el baño.

Pai recibe un baño desparasitador en una improvisada bañera de nuestro baño en la localidad de Pai (Tailandia).

Pai recibe un baño desparasitador en una improvisada bañera de nuestro baño en la localidad de Pai (Tailandia).

Cómo temblaba la pobre. Tanto que la envolvimos en una toalla del “hostel”. No le pudimos quitar todas las pulgas pero por lo menos ahora parecía algo más aseada. Aseada y lista para venirse de viaje en motocicleta. Después de pagar 240 bahts por dos días de alquiler y colocarnos dos cascos a modo de seguridad, nos dirigimos los tres hacia las afueras con Pai. Nuestra amiga perruna iba alojada en el bolsillo grande de mi mochila, sobre el pecho de Esther.

Esther y Pai de visita por los campos de arroz en los alrededores de Pai, al norte de Tailandia.

Esther y Pai de visita por los campos de arroz en los alrededores de Pai, al norte de Tailandia.

El Puente del Memorial (Memorial Bridge) fue construido por los soldados japonesesn durante la Segunda Guerra Mundial, se encuentra a 8Km de Pai, Tailandia.

El Puente del Memorial (Memorial Bridge) fue construido por los soldados japonesesn durante la Segunda Guerra Mundial, se encuentra a 8Km de Pai, Tailandia.

Aguas termales (Tha Pai Hot Springs) con varias piscinas a diferentes temperaturas. En la más caliente lo típico es cocer huevos (Tailandia)

Aguas termales (Tha Pai Hot Springs) con varias piscinas a diferentes temperaturas. En la más caliente lo típico es cocer huevos (Tailandia)

Así, tres en la moto como una pequeña familia recorrimos campos de cultivo y  vimos sembrar el arroz. Paramos a pie de carretera varias veces para que Pai pudiera correr, revolcarse,  curiosear y para que pudiera hacer cosas de perro como “pipi”. Juntos descubrimos la esencia de Pai (ahora me refiero a la ciudad y sus alrededores). Recibir el aire fresco montados en motocicleta. Rodeados de montañas frondosas de vegetación  a lo lejos. Y más de cerca infinitos pedazos de tierra rectangulares de conreo pintados de marrón, gris y verde.

Una campesina planta arroz de forma tradicional en Pai, al norte de Tailandia.

Una campesina planta arroz de forma tradicional en Pai, al norte de Tailandia.

Un grupo de campesinos planta arroz en Pai, al norte de Tailandia.

Un grupo de campesinos planta arroz en Pai, al norte de Tailandia.

Ya de vuelta, con el atardecer acechándonos, nuestro temor a no saber qué hacer con Pai se iba acrecentando. No podíamos llevárnosla con nosotros de viaje aunque ya se hubiera hecho un hueco en nuestro corazón. ¿Qué hacer entonces? ¿Buscar a alguien que quisiera cuidar de ella? ¿Probar en otro templo? Tantas cosas en que pensar  y la pobre Pai había quedado rendida enrollada en la toalla de nuestro “hostel”.

La pequeña Pai descansa hecha un obillo con la toalla después de la ducha, Tailandia.

La pequeña Pai descansa hecha un obillo con la toalla después de la ducha, Tailandia.

Pai a punto de dormir plácidamente en la toalla de la habitación en Pai, Al norte de Tailandia.

Pai a punto de dormir plácidamente en la toalla de la habitación en Pai, Al norte de Tailandia.

Caída la noche y más temerosos aún que antes por el futuro de nuestra pequeña amiguita nos encaminamos al centro. Allí las cosas no fueron mejor. Preguntamos a unos, preguntamos a otros pero nadie quería hacerse cargo. Lugareños y sobretodo viajeros nos señalaban y se paraban para mirar a nuestra Pai. Pero a nadie se le pasaba por la cabeza quedársela. Nuestra frustración iba en aumento.

Ya nos habíamos hecho a la idea de que esa noche Pai la pasaría con nosotros cuando de repente nos encontramos a Julie. Habíamos pedido comida tailandesa para cenar en un restaurante de la calle principal cuando ella se fijó en Pai. Julie era una inglesa alocada y amante sin medida de los animales. Se enamoró de nuestra perrilla en el acto. Mientras la acariciaba delicadamente Julie nos explicó que iba a pasar una semana en Pai, así que se ofrecía a cuidar de nuestra pequeña. Después de todo un día cruzándonos con personas “sin corazón” al fin encontramos un ángel, el primero de esta historia.

El segundo ser alado fue una chica que pasaba por nuestro restaurante y que al reparar en Pai, nos dijo que cerca de su “hostel” había visto una madre con las mamas hinchadas muy parecida a la perrita. Primera coincidencia. Y segunda, cerca de esa madre correteaba un cachorrillo idéntico a Pai de color negro como el azabache.

Una punzada nos oprimió el corazón. Corrimos al lugar. Cruzamos otro de los puentes de cañas de bambú de la ciudad  hasta llegar a otro de los muchos “cottages” de la zona. Allí estaba una perrita mamá con las mamas hinchadas, un cachorrillo negro muy parecido a Pai y otra mamá de color negro. ¡Por fin habíamos encontrado a la familia de Pai! Ese era su lugar. La madre no le hacía muchas carantoñas pero al menos no la apartaba. Estaría protegida por los suyos, aunque claro tendría que pelear por sobrevivir. Pero al menos no estaría sola. Al fin podíamos estar tranquilos, Pai había encontrado su lugar.

La madre de Pai después de comer unas brochetas que le habíamos comprado, en la calle principal de la villa, Tailandia.

La madre de Pai después de comer unas brochetas que le habíamos comprado, en la calle principal de la villa, Tailandia.

P.D.

Durante el día después y el otro estuvimos buscando sin fortuna a nuestra pequeña Pai. Siempre veíamos a la madre de las mamas hinchadas deambulando por las calles de la ciudad, y a dos cachorrillos negros jugueteando al otro lado del río. Pero Pai no aparecía por ningún lado. Ya lejos de Pai, siguiendo nuestro viaje, escribimos un correo electrónico a Julie en busca de buenas noticias. Pero ella tampoco encontró a la pequeña Pai. Un mes más tarde, May, una buen amiga también de viaje por Tailandia, recaló en está pequeña localidad del norte de Tailandia. Ella también estuvo buscando a la joven perrilla. Pero Pai nunca apareció, o por lo menos, nunca se dejó ver. Esther y yo esperamos que la curiosidad y la vitalidad que tanto nos sorprendió en Pai la guiara por un camino seguro.

Pai mira curiosa el horizonte desde uno de los miradores en Pai, al norte de Tailandia.

Pai mira curiosa el horizonte desde uno de los miradores en Pai, al norte de Tailandia.

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