MI CHARLA CON UN MONJE BUDISTA

Un estudiante monje de la escuela del templo Wat Duang Di, en Chiang Mai (Tailandia).

Un estudiante monje de la escuela del templo Wat Duang Di, en Chiang Mai (Tailandia).

Chiang Mai, a setecientos kilómetros al norte de Bangkok, es la ciudad adecuada para poder mantener una charla con los monjes budistas. O eso es al menos lo que propone nuestra guía de viaje (Lo mejor de Tailandia, Lonely Planet). Hablar con ellos es algo así como un intercambio de curiosidad y lenguas. Por un lado, las explicaciones de los monjes sacian nuestra curiosidad por saber más sobre su modo de vida. Y por el otro, ellos practican  inglés con los turistas y de paso rompen con su rutina diaria.

Varios monjes budistas bajan las escaleras del Golden Mountain, en Bangkok.

Varios monjes budistas bajan las escaleras del Golden Mountain, en Bangkok.

Desde nuestra llegada a Tailandia nos había fascinado la figura del monje budista, su colectivo. Hombres, enfundados en túnicas de un amplio abanico de colores. Éstos van del naranja, pasando por el rojo y llegando al amarillo, o incluso el blanco (como tonalidades más comunes). Otro rasgo que los identifica a la perfección es que llevan el cabello totalmente rasurado. Se les puede ver peregrinando en los templos del país de forma mayoritaria. Aunque también se les encuentra caminando tranquilamente por la calle, o en el mercado de amuletos de Bangkok, por ejemplo.

Nos habíamos cruzado con monjes ancianos, mayores, maduros, más jovencitos e incluso niños de muy corta edad. Los habíamos saludado en templos, donde nos daban la bienvenida. Los habíamos escuchado recitar las enseñanzas de Buda a través de unos altavoces para hacerlos perfectamente audibles en todos los rincones de los wats (o templos). También los habíamos visto cuidar de los diferentes lugares sagrados para los tailandeses de muchas maneras. Por ejemplo recogiendo cuencos y vasijas, barriendo el suelo, confeccionando rosarios, incluso restaurando viejas imágenes de Buda. Y por supuesto los habíamos visto llevar una vida austera dentro de los templos. Comiendo sentados en una esterilla en el suelo, charlando con compatriotas, etc.

Un monje budista arregla la fachada de un templo en Pai, al norte de Tailandia.

Un monje budista arregla la fachada de un templo en Pai, al norte de Tailandia.

Un monje budista se refresca con un ventilador en un templo en Chiang Mai, Tailandia.

Un monje budista se refresca con un ventilador en un templo en Chiang Mai, Tailandia.

Pero aún habiendo comprobado como los monjes representan una parte muy visible de la sociedad tailandesa, todavía no llegábamos a comprender la importancia de su papel. ¿Por qué veíamos niños envueltos en túnicas esperando el autobús escolar, mientras a su lado otros vestían uniforme de “civil”? ¿Quién era el encargado de escoger a los niños que iban a ser consagrados a una vida de privaciones, pero también de santidad?

Un grupo de niños monjes comen en un templo en la ciudad de Chiang Mai, al norte de Tailandia.

Un grupo de niños monjes comen en un templo en la ciudad de Chiang Mai, al norte de Tailandia.

A algunas de esas preguntas pudo mi curiosidad obtener respuesta después de mi charla con un monje. Detrás del templo de Wat Duang Di, cerca de la confluencia de las calles Th Ratchadamnoen y Tha Phra Pokklao de Chiang Mai, se encuentra una escuela budista. Con ello quiero decir que los alumnos que asisten a esta escuela son niños y adolescentes que cumplen con los preceptos de Buda. Al menos con los que son visibles para el viajero: vestirse con túnica, llevar el pelo cortado al cero, no comer carne y el rezo.

A veces la curiosidad no hace romper el saco sino que consigue ir más allá de la simple fotografía turística de rigor. Y digo eso porque sin la curiosidad que me caracteriza no hubiera hecho meter mis narices en un aula de esa escuela. Lo que allí vi debía ser una clase de informática como las que se hacen en cualquier colegio o instituto, pero en este caso era el color naranja de las túnicas de los estudiantes, el que se reflejaba en las pantallas de los ordenadores.

Perdonad mi ignorancia pero, ¿un monje no debería dedicarse desde pequeño a leer la sagradas escrituras y a rezar? Pues no, y a este primer “no” le siguen otros que dejan en evidencia mi desconocimiento acerca de los monjes budistas.

Pat señala cómplice a uno de sus estudiantes en la escuela del templo Wat Duang Di, en Chiang Mai (Tailandia).

Pat señala cómplice a uno de sus estudiantes en la escuela del templo Wat Duang Di, en Chiang Mai (Tailandia).

Cerca de ese aula conocí a Pat, un monje budista que daba clases en ese colegio. En las manos llevaba un libro escrito en tai, la lengua propia. Después del primer “sumerihap” (traducción libre de las palabras que significan hola) no hubo quien parase la cascada de preguntas que el bueno de “Pat” respondía siempre con una sonrisa.

Pat muestra su libro de texto en la escuela del tempo Wat Duang Di, en Chiang Mai.

Pat muestra su libro de texto en la escuela del tempo Wat Duang Di, en Chiang Mai.

Son las familias de los niños los que deciden que sus hijos han de estudiar las enseñanzas de Buda. Pero hay un factor muy importante que les hace decantar por dejar que sus retoños se alejen de sus familias para estudiar en una especie de internado: la pobreza. Muchos de los alumnos de esa escuela provenían de zonas montañosas muy lejanas, y de familias con escasos recursos económicos. Si se deciden por el camino de la santidad, la escolarización y la manutención es totalmente gratuita.

Un niño monje en una escuela de Kompheim Village, en Camboya.

Un niño monje en una escuela de Kompheim Village, en Camboya.

Un niño budista no sólo estudia los preceptos del budismo, también estudia el resto de asignaturas como sus compañeros “seglares”. Incluso hemos visto colegios mixtos donde unos y otros comparten el aula. Tampoco un niño budista únicamente puede llevar una dieta vegetariana. Eso depende de cada cual. Eso sí, no se les permite ni cantar ni jugar, porque no se adecuaría a los preceptos de Buda. ¡Qué duro castigo para un niño no poder jugar, aunque sea monje!

Dos compañeros (uno de ellos monje budista) de clase en la escuela de Kompheim Village, en Camboya.

Dos compañeros (uno de ellos monje budista) de clase en la escuela de Kompheim Village, en Camboya.

Cuando un niño inicia sus enseñanzas como monje no tiene por qué acabar sus días siendo un hombre santo, puede abandonar su condición a partir de que ellos tienen uso de raciocinio. En el caso  de nuestro monje Pat, el creía que iba a abandonar el “sacerdocio” en dos o tres años. Y eso que lleva siendo monje desde los 16, y ahora tiene 32. Es decir, que ser monje es una experiencia por la que un tailandés puede pasar a lo largo de su vida, pero no es definitiva. Ahí está para atestiguarlo el propio rey de Tailandia, que se dedico al “sacerdocio” budista durante algún tiempo. Todavía son muchos los bares y restaurantes que tienen colgada su estampa en posición de meditación, con el cabello rasurado, pero eso sí, portando sus enormes tan características gafas, que lo hacen inconfundible. Pero volviendo al caso de Pat, después de dejar de ser monje quería dedicarse a seguir enseñando como profesor de inglés.

Y por lo que respecta al color y al tipo de traje, depende del templo al que pertenezca cada uno y al grado de estudio que se tenga. Son tres piezas las que conforman el vestido del monje, y no una única túnica. Como ropa interior un chaleco largo de felpa. Encima, una tela rectangular que, con una velocidad y una destreza pasmosas, cada monje consigue dar formas diferentes. Más desenfadadas cuando están dentro del recinto del templo, dejando ver uno de sus hombros. O más recatadas en el momento de salir a exterior, donde sólo pueden dejar a la vista cabeza y manos. Para terminar, todo monje cuenta con otro pedazo de tela, con el que se ajusta el vestido a modo de cinturón. Las tonalidades varían entre el naranja, marrón, ocre, amarillo…

Por cierto, es muy recurrente ver a un monje consultando su Iphone o comprando en el mercado, por ejemplo. El gobierno paga parte de su salario. El resto proviene de la limosna de los tailandeses, y de los 40 millones de turistas que como nosotros visitan cada año los templos a los que han consagrado su vida.

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